Amalia
Amalia —¿Y cómo dudarlo? Y si sus instrucciones lo conducen al extremo de tratar con el señor general Rosas, a pesar de su incapacidad legal, fácil es prever que en manos de la oposición francesa, ese vicio radical en la negociación o el tratado recibiría una repulsa, o el ministro se hallaría en una posición muy embarazosa. Y yo estoy cierto de que, si en la política franca del gobierno británico pudiese caber el sacrificio de un amigo leal como la República Argentina, por el interés de embarazar la marcha del gobierno francés, poco adelantaríamos, señor Mandeville, con el tratado a que probablemente arribará el barón de Mackau. Pero yo estoy seguro que el gobierno británico no sacrificará las simpatías argentinas, ni por hostilizar al gobierno francés, ni por corresponder a la reacción que en el estado oriental va a operarse en favor de la Inglaterra.
—¿Cómo, cómo, señor Bello?
—Quiero decir que, abandonada por la Francia la República Oriental y la numerosa emigración argentina que hay allí, después de los compromisos anteriores, tan solemnes, es muy probable que, obrándose en el espíritu público una reacción muy desventajosa para la influencia francesa en estos países, por un movimiento consiguiente y lógico, las simpatías públicas se vuelvan hacia la Inglaterra, que fue tan leal en otra época en sus trabajos por la independencia oriental.