Amalia
Amalia —Acaba usted, o lo echamos del coche —dijo Eduardo, con una mirada que aterró a don Cándido.
—¡Qué genios, qué genios! Bien, jóvenes fogosos, mi misión diplomática no ha tenido éxito.
—¿Quiere decir —prosiguió Daniel—, que ni en Santo Domingo ni en San Francisco lo admiten?
—En ninguna parte.
Daniel se inclinó, abrió el vidrio delantero, dijo dos palabras a Fermín, y los caballos tomaron un trote más largo, siempre por la calle de la Reconquista en dirección a la plaza.