Amalia
Amalia —Te diré, pues —prosiguió Don Cándido—; hice parar el carruaje en Santo Domingo, bajé, entré, me persigné y caminé por el lóbrego y solitario claustro; me paré, batí las manos, y un lego que encendía un farol vino a mi encuentro. Le interrogué por la salud de todos, y pregunté por el reverendo padre que me habías indicado. Me introdujo a su celda, y luego de los saludos y cumplimientos de costumbre, no pude menos de felicitarlo por aquella vida tranquila, feliz y santa que disfrutaba en aquella mansión de sosiego y de paz; porque habéis de saber vosotros que desde mis primeros años tuve afición, tendencia, vocación al claustro; y cuando hoy me imagino que podía estar tranquilo bajo las bóvedas sagradas de un convento libre de las agitaciones políticas, y con la puerta cerrada desde la oración, no puedo perdonarme mi descuido, mi negligencia, mi abandono. En fin…
—Sí, el fin; siempre el fin es lo mejor, mi querido maestro.
—Decía, pues, que en el acto establecí mis primeras proposiciones.
—En lo que ya hizo usted mal.
—¿Pues no iba a eso?
—Sí; pero nunca se comienza por lo que se quiere obtener.