Amalia

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—Prosigo. Le dije clara y terminantemente la posición de un sobrino mío, que siendo un excelente federal era perseguido por emulaciones individuales, por envidia, por celos de algunos malos servidores de la causa, que no respetaban como debían la ínclita fama y honra del patriarcal gobierno de nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, y de su respetabilísima familia. Hice, con elocuencia y entusiasmo, la biografía de todos los miembros de las ilustres familias del Excelentísimo señor gobernador propietario, y de Su Excelencia el señor gobernador delegado; concluyendo que, por honor de estas ilustres ramas del tronco federal, la religión y la política estaban interesadas en evitar que se cometiese una tropelía contra el sobrino de un tío como yo, que había dado clásicas pruebas de valor y perseverancia federal; y que, por no distraer la atención de los señores gobernadores y demás altos y conspicuos personajes, ocupados actualmente en la independencia de la América, pedía al convento de Santo Domingo asilo, protección y albergue para mi inocente sobrino, ofreciendo donar para limosnas una suma crecida, en oro o en papel moneda, según lo que dispusieran los reverendos padres. Tal fue, en muy ligero extracto, el discurso con que abrí mi conferencia. Pero, y contra todas mis previsiones y perspicacia, el reverendo padre me dijo:



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