Amalia
Amalia —Señor, yo quisiera poder ser útil a usted, pero no podemos mezclarnos en los asuntos políticos y algo ha de haber cuando persiguen a su sobrino de usted.
—Protesto una, dos y tres veces —le respondí—, contra todo lo que pueda decirse de mi inocente sobrino.
—No importa —replicó—. Nosotros no podemos comprometernos con el señor don Juan Manuel; y lo único que podemos hacer es rogar a Dios porque proteja la inocencia de su sobrino de usted, si en verdad es inocente.
—Amén —dijo Eduardo.
—Así contesté yo también —prosiguió don Cándido—, levantándome y pidiéndole mil perdones por el tiempo que le había robado a Su Paternidad. Y paso ahora a mi conferencia en San Francisco.
—No, no, no; basta de frailes, por amor de Dios; y basta de todo, y basta de la vida, porque esto no es vida, sino un infierno —exclamó Eduardo, pegándose una recia palmada en la frente.