Amalia

Amalia

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—Todo esto, mi querido amigo —repuso Daniel—, no es sino un acto, una escena del drama de la vida, de esta vida nuestra y de nuestra época, que es un drama especial en este mundo. Pero sólo los corazones débiles se dejan dominar por la desesperación en los trances difíciles de la suerte. Acuérdate que éstas son las últimas palabras de Amalia. Ella es mujer, y ¡vive Dios, que tiene más serenidad que tú!

—Serenidad para morir es lo de menos. Pero esto es peor que la muerte, porque es la humillación. Desde ayer no se hace otra cosa que echárseme de todas partes. Mis criados me huyen; mis pocos parientes me desconocen; el extranjero, y hasta la casa de Dios, me cierran sus puertas, y esto es cien veces, un millón de veces peor que una puñalada.

—Pero tienes una mujer, como ninguna, un hombre, como nadie. Todavía el amor y la amistad velan por ti, y no todos cuentan con esto en Buenos Aires. Hace tres días que no tienes casa, ni tienes nada. Te han roto, saqueado y confiscado cuanto tienes, según ellos. Y sin embargo he conseguido salvarte más de un millón de pesos. Y con una novia linda como el sol, con un amigo como yo, y con una buena fortuna, no hay todavía motivos para quejarse tanto de la suerte.

—Pero ando como un mendigo.

—Dejemos de hablar tonterías, Eduardo.


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