Amalia

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Rosas permaneció sentado en una cabecera de la mesa; Manuela se sentó a su derecha en uno de los costados de aquélla, dando la espalda a la puerta por donde había salido Corvalán; Biguá frente a Rosas, en la cabecera opuesta; y la criada, poniendo otra botella de vino sobre la mesa a una señal que le hizo Rosas, se retiró para las habitaciones interiores.

La rodaja de las espuelas de Cuitiño se sintió bien pronto sobre el suelo desnudo del gabinete y de la alcoba de Rosas; y este célebre personaje de la Federación apareció luego en la puerta del comedor, trayendo en la mano su sombrero de paisano con una cinta roja de dos pulgadas de ancho, luto oficial que hacía vestir el gobernador por su finada esposa; y cubierto con un poncho de paño azul, que no permitía descubrir su vestido sino de la rodilla al pie. Su cabello desgreñado caía sobre su tostado semblante, haciendo más horrible aquella cara redonda y carnuda, donde se veían dibujadas todas las líneas con que la mano de Dios distingue las propensiones criminales sobre las facciones humanas.

—Entre, amigo —le dijo Rosas examinándolo con una mirada fugitiva como un relámpago.

—Muy buenas noches. Con permiso de Vuecelencia.

—Entre. Manuela, ponle una silla al comandante. Retírese, Corvalán.

Y Manuela puso una silla en el ángulo de la mesa, quedando así Cuitiño entre Rosas y su hija.


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