Amalia
Amalia —¿Quiere tomar alguna cosa?
—Muchas gracias, Su Excelencia.
—Manuela, sírvele un poco de vino.
A tiempo que Manuela extendía su brazo para tomar la botella, Cuitiño sacó su mano derecha, doblando la falda del poncho sobre el hombro, y tomando un vaso, sin soltarlo se lo presentó a Manuela para que le echase el vino, pero al poner sus ojos en el vaso, un movimiento nervioso le hizo temblar el brazo, y temblando hasta hacer golpear la botella contra el vaso, echó una parte de vino en éste, y otra en la mesa: la mano y el brazo de Cuitiño estaban enrojecidos de sangre. Rosas lo echó de ver inmediatamente y un relámpago de alegría animó súbito aquella fisonomía encapotada siempre bajo la noche eterna y misteriosa de la conciencia. Manuela estaba pálida como un cadáver; y maquinalmente retiró su sillón del lado de Cuitiño cuando acabó de derramar el vino.
—¡A la salud de Vuecelencia y de Doña Manuelita! —dijo Cuitiño haciendo una profunda reverencia y tomándose el vino, mientras Biguá se desesperaba haciendo señas a Manuela para que se fijase en la mano de Cuitiño.
—¿Qué anda haciendo? —preguntó Rosas con una calma estudiada, y con los ojos fijos en el mantel.
—Como Vuecelencia me dijo que volviese a verlo después de cumplir mi comisión…