Amalia
Amalia —Vamos, Daniel —decía don Cándido a cada momento, sin bajar del coche, y sin quitar los ojos de los cuarteles, que a esas horas, cerca de las diez de la noche, estaban en el más profundo silencio.
Daniel volvió a llamar más fuerte aún, y al poco rato se vio venir, paso a paso, a un individuo hacia la puerta. Se acercó, miró con mucha flema y luego preguntó en inglés:
—¿Qué hay?
Con el mismo laconismo le contestó Daniel:
—¿Míster Slade?
El criado, entonces, sacó una llave del bolsillo y abrió la gran puerta, sin decir una palabra.
Don Cándido bajó inmediatamente, y colocándose entre Daniel y Eduardo, siguió con ellos los pasos del sirviente.
Éste los introdujo a una pequeña antesala donde les hizo señas de esperar, y pasó a otra habitación.
Dos minutos después volvió, y empleando el mismo lenguaje de las señas, los hizo entrar.
El salón no tenía más luz que la que despedían dos velas de sebo.
El señor Slade estaba acostado en un sofá de cerda, en mangas de camisa, sin chaleco, sin corbata, y sin botas; y en una silla, al lado del sofá, había una botella de coñac, otra de agua y un vaso.