Amalia

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Daniel no conocía sino de vista al cónsul de los Estados Unidos. Pero conocía muy bien a su nación.

El señor Slade se sentó con mucha flema, dio las buenas noches, hizo seña al criado de poner sillas y se puso las botas y la levita, como si estuviera solo en su aposento.

—Nuestra visita no será larga, ciudadano Slade —le dijo Daniel, en inglés.

—¿Ustedes son argentinos? —preguntó el cónsul, hombre como de cincuenta años de edad, alto, de una fisonomía abierta y llana y de un tipo más bien ordinario que distinguido.

—Sí, señor, los tres —contestó Daniel.

—Bueno. Yo quiero mucho a los argentinos —e hizo señas a su criado de servirles coñac.

—Lo creo bien, señor, y vengo a dar a usted una ocasión de manifestarnos sus simpatías.

—Ya lo sé.

—¿Sabe usted a lo que venía, señor Slade?

—Sí. Ustedes vienen a refugiarse en la Legación de los Estados Unidos, ¿no es eso?

Daniel se encontró perplejo ante aquella extraña franqueza; pero comprendió que debía marchar en el mismo camino que se le abría, y contestó muy tranquilamente, después de tomarse medio vaso de agua con coñac:

—Sí, a eso venimos.

—Bueno. Ya están ustedes aquí.


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