Amalia

Amalia

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—No, señor don Cándido, vaya usted con Daniel —repuso Eduardo—, recuerde usted que tiene que hacer mañana.

—Es inútil, no me voy. Y desde este momento quedan cortadas todas nuestras relaciones.

Daniel se levantó, y llamando aparte a don Cándido, tuvo con él un diálogo vivísimo, para reducirlo a volver al coche. Pero todo habría sido inútil si el joven no hubiese mezclado a las amenazas la promesa de dejarlo en completa libertad para volver a los Estados Unidos tan pronto como le hiciese conocer algo que necesitaba saber de casa del gobernador delegado.

—Por último —decía don Cándido, al terminar sus condiciones—, será condición expresa que dormiré esta noche en tu casa, y mañana, si mañana mismo no me vengo a esta hospitalaria y garantida mansión.

—Convenido.

—Señor cónsul —prosiguió don Cándido, volviéndose a míster Slade— no puedo tener desde esta noche el honor, el placer, la satisfacción de ver sobre mi cabeza el ínclito pabellón norteamericano. Pero voy a hacer cuanto de mí dependa por estar aquí mañana.

—Bueno —contestó Slade. Yo no lo he de entregar a usted sino muerto.

—¡Qué demonio de franqueza tiene este hombre! —dijo don Cándido, mirando a Eduardo.

—Vamos, amigo mío —dijo Daniel.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker