Amalia

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—Bien, nada, nada nos faltará. Nos basta sólo la protección de usted, noble, franco y leal descendiente de Washington, porque yo también aquí me quedo —dijo don Cándido alzando su cabeza y dando con el bastón en el suelo, y con tal seriedad y decisión, que Daniel y Eduardo se miraron y no pudieron contener una carcajada, lo que obligó a Daniel a dirigirse en inglés al señor Slade para darle una idea de la persona y del carácter de su maestro. Y esta ligera relación llevó de tal modo el buen humor al espíritu del sencillo Slade, que no pudo menos de echar él mismo un poco de coñac y beber con don Cándido, diciéndole:

—Desde hoy está usted bajo la protección de los Estados Unidos, y si lo matan a usted, he de hacer que arda Buenos Aires.

—Yo no acepto esa hipótesis, señor cónsul; y preferiría que Buenos Aires ardiese primero, no que primero me matasen y después ardiese.

—Vamos —dijo Daniel—, todo esto no es sino broma, mi querido señor don Cándido: usted tiene que volverse conmigo.

—No, no iré, ni tienes ya derecho ninguno sobre mí, pues estoy en territorio extraño. Aquí pasaré mi vida, cuidando de la importante salud de este hombre benemérito, y a quien amo ya entrañablemente.


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