Amalia
Amalia —¿Y no se atreverÃan a entrar aquÃ? —preguntó don Cándido.
—¿Quién? —y al hacer esta interrogación, el señor Slade frunció las cejas, miró a don Cándido, y luego se rió—. Yo soy muy amigo del general Rosas —continuó—. Si él me pregunta quiénes están aquÃ, yo se lo diré. Pero si manda sacarlos por fuerza, yo tengo aquello —y señaló una mesa donde habÃa un rifle, dos pistolas de tiro y un gran cuchillo—, y allà tengo la bandera de los Estados Unidos —levantó su mano señalando el techo de la casa.
—Y a mà para ayudarle a usted —dijo Eduardo, que volvÃa de la ventana.
—Bueno, gracias. Con usted son veinte.
—¿Tiene usted veinte hombres en su casa?
—SÃ, veinte refugiados.
—¿Aqu�
—SÃ, en las otras piezas y en el piso de arriba, y me han hablado por más de cien.
—¡Ah!
—Que vengan todos. Yo no tengo camas ni con qué mantener a tanta gente. Pero aquà está la casa y la bandera de los Estados Unidos[*12].