Amalia
Amalia El terror, pues, que empezaba a apoderarse de todos los espíritus, no podía dejar de obrar su influencia eficaz en el ánimo de esos hombres que caminaban en silencio por la costa del río, en dirección a Barracas, a las once de la noche, y con el designio de emigrar de la patria, crimen de lesa tiranía que se castigaba irremediablemente con la muerte.
Nuestros prófugos caminaban sin cambiarse una sola palabra; y es ya tiempo de dar a conocer sus nombres.
Aquél que iba delante de todos era Juan Merlo, hombre del vulgo; de ese vulgo de Buenos Aires que se hermana con la gente civilizada por el vestido, con el gaucho por su antipatía a la civilización, y con el pampa por sus habitudes holgazanas. Merlo, como se sabe, era el conductor de los demás.
A pocos pasos seguíalo el coronel Don Francisco Lynch[3], veterano desde 1813; hombre de la más culta y escogida sociedad, y de una hermosura remarcable.
En pos de él caminaba el joven Don Eduardo Belgrano[4], pariente del antiguo general de este nombre, y poseedor de cuantiosos bienes que había heredado de sus padres; corazón valiente y generoso, e inteligencia privilegiada por Dios y enriquecida por el estudio. Éste es el joven de los ojos negros y melancólicos, que conocen ya nuestros lectores.
En seguida de él, marchaban Oliden, Riglos y Maisson[5], argentinos todos.