Amalia
Amalia Pero aquél le contestó:
—No, ¿o acaso quieres envolverme en tu negra traición?
—¡Adiós mi plata! ¿Ha perdido usted el juicio, mi respetable primo de Cuitiño?
—Primo del gran demonio deberá ser ese facineroso.
—¡Pero usted se lo ha dicho!
—¡Qué sé yo lo que digo; si yo creo que estoy loco, en ese laberinto en que me encuentro, rodeado del crimen, de la traición, de la falsía! ¿Quién eres, di? Define tu posición. ¿Cómo hablas en mi presencia de atacar la casa donde voy a asilarme, donde está ese joven a quien llamas tu amigo, donde…?
—¡Por amor de Dios, señor don Cándido, que todo tenga que explicárselo a usted!
—¿Pero qué explicación cabe en lo que yo mismo he oído?
—Esto —dijo Daniel, abriendo el último billete que no había lacrado, y dándoselo a don Cándido, cuya cara y cuyos ojos asustaban, realmente.
—¡Ah! —exclamó después de leerlo dos veces.