Amalia

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XVII. El reloj del alma

El lector tendrá a bien recordar ahora aquel lindísimo día, 5 de octubre, en que dejamos a Amalia arrodillada, conversando con Dios, después de haberla visto entre sus riquísimos trajes, tratando de elegir el que debía ponerse esa noche, en que iba a dar su mano al bien amado de su corazón. Y es en la noche de ese día que volvemos a Barracas, después de tener conocimiento de los sucesos descriptos en los capítulos anteriores.

Pero antes, nos fijaremos en un coche que para a la puerta de una casa de pobre apariencia en la calle de Corrientes, y de donde sale, al momento, un sacerdote anciano que sube al carruaje y saluda a dos individuos que parecían esperarlo en él. Los caballos partieron en el acto, doblaron por la calle de Suipacha, en dirección al sur, y al cortar la calle de la Federación, el cochero tuvo que sofrenarlos para no atropellar a tres jinetes que venían de la parte del campo, sus caballos sin herrar, y con la apariencia de haber galopado buenas leguas. Uno de los caballeros parecía de alguna edad, y ser el jefe o el patrón de los otros, por la distancia respetuosa que guardaban de él, y por el lujo gaucho de su caballo.

Acababan de dar las ocho.

La calle Larga de Barracas era un desierto.


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