Amalia
Amalia Vestía un traje de gro color lila claro, con dos anchos y blanquísimos encajes, recogidos por ramos de pequeñas rosas blancas con tal arte trabajadas que rivalizaban con las más frescas y lozanas de la Naturaleza. Su cuello no tenía más adorno que un hilo de perlas que se perdía entre los encajes del seno mal velado y suspendía un medallón con el retrato de su madre. Sus cabellos rodeaban, en una doble trenza, la parte posterior de su cabeza; y de allí, hasta cerca de las sienes, se abrían en rizos que besaban los hombros; y unas bandas de encaje de Inglaterra caían hacia la espalda, sostenidas por la rosa blanca que ella misma había elegido esa mañana. Un chal del mismo encaje, cuyas bandas caían como una tenue neblina sobre sus hombros, rebelde a su objeto, descubriendo el seno y la espalda que quería ocultar. Y la única alhaja que, a ruegos de Luisa, se había decidido a ponerse, era, en su brazo derecho, un brazalete de perlas con un broche de zafiros.
No era tal o cual cosa, era el todo; era ella misma la que absorbía la mirada, la que abstraía el alma y la fascinaba.