Amalia
Amalia Sus ojos, sin rivales en el mundo, estaban más animados que de costumbre; y sus labios, como la flor del granado, tenían el brillo del rubí, mientras que el tenue colorido de las rosas de mayo había desterrado la palidez habitual de su semblante. ¿Era todo esto el efecto natural de esa fiebre insensible que agita la sangre en las situaciones definitivas de la vida humana; o era solamente la animación que obran en la mujer la luz y los espejos de un tocador, el resplandor de su belleza misma, y las imágenes caprichosas de la mente? ¡Quién sabe! ¡La fisiología del corazón de una mujer es toda arcanos, donde la mirada de la razón se pierde!… Un reloj dio las ocho de la noche; y desde el primer martillazo se habrían podido contar los siguientes en los latidos del corazón de Amalia, al través de los encajes que cubrían su seno; y súbitamente, el granado de sus labios, y la rosa de mayo de su rostro tomaron los colores de la perla y el jazmín.
—¡Se vuelve usted a poner pálida, señora, y tan luego ahora que acaban de dar las ocho!
—Es por eso precisamente —contestó Amalia, pasándose la mano por la frente, y sentándose.
—¿Porque son las ocho?
—Sí. No sé qué es esto; desde las seis de la tarde, cada vez que siento dar las horas, sufro horriblemente.