Amalia
Amalia —Sí, tres veces lo he notado. Eso es: desde las seis ¿y sabe usted lo que voy a hacer?
—¿Qué, Luisa?
—Voy a hacer parar el reloj, para que cuando den las nueve no se vuelva usted a enfermar.
—No, Luisa, no. A las nueve ya estarán aquí, y todo estará concluido. Ya se ha pasado, no es nada —repuso Amalia, levantándose y volviendo a sus colores anteriores.
—Es verdad, es verdad, ya vuelve usted a estar tan linda como antes; tan linda como nunca la he visto a usted, señora.
—Calla: anda y llama a Pedro.
Y, entretanto, Amalia desprendió de su seno el medallón con el retrato de su madre, y lo llenó de besos. Y apenas acababa de prenderlo de nuevo sobre el seno de su vestido, cuando volvió Luisa con Pedro, tan bien afeitado y peinado, con una levita abotonada hasta el cuello, y con aire tan marcial, que pareció tener veinte años menos, en aquel día en que iba a casarse la hija de su coronel.
—Pedro, mi buen amigo —le dijo Amalia—, nada va a cambiarse en esta casa. Yo quiero ser siempre para usted lo que he sido hasta hoy; quiero que me cuide usted siempre como a una hija; y la primera prueba de cariño que quiero recibir de usted en mi nuevo estado, es la promesa de que nunca se separará usted de mí.