Amalia
Amalia —Señora, yo… yo no puedo hablar, señora —dijo el viejo, sacudiendo como con rabia su cabeza, o como si con ese movimiento quisiera castigar las lágrimas que le inundaban los ojos, y le entorpecían la palabra.
—Bien, me dirá usted un sí solamente. Quiero que me acompañe usted a Montevideo la semana que viene, porque el que va a ser mi marido debe emigrar esta misma noche, y mi obligación es seguirlo en su destino; ¿vendrá usted, Pedro?
—Sí, pues, sí, señora, sí —contestó, dándose aires de que estaba muy entero y podía decir muchas palabras.
Amalia se acercó a una mesa, abrió una caja de ébano, llena de alhajas, tomó un anillo y se volvió al antiguo camarada de su padre.
—Este anillo —le dijo—, está formado de cabellos míos, de cuando era niña. No tiene más valor que ése, y por eso se lo doy a usted para que lo conserve siempre; mi padre lo usaba en el ejército.
—¡Toma, éste es, lo conozco, vaya si lo conozco! —dijo el soldado, inclinando la cabeza y besando el anillo que había estado en las manos de su coronel, como si fuese una reliquia santa.
Los ojos de Amalia y de Luisa se nublaron de lágrimas en ese momento, en presencia de aquella sensibilidad sin arte, sin esfuerzo, hija del corazón y los recuerdos.