Amalia

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—A eso se exponen. Yo bien lo siento; pero ustedes tienen razón: ustedes no hacen sino defenderse, porque si ellos triunfan los han de fusilar a ustedes.

—Estos no, Excelencia —dijo Cuitiño, vagando una satisfacción feroz sobre su repulsiva fisonomía.

—¿Los ha lastimado?

—En el pescuezo.

—¿Y vio si tenían papeles? —preguntó Rosas, en cuyo semblante no pudo conservarse por más tiempo la careta de la hipocresía, brillando en él la alegría de la venganza satisfecha, al haber arrancado con maña la horrible verdad que no le convenía preguntar de frente.

—Ninguno de los cuatro tenía cartas —respondió Cuitiño.

—¿De los cuatro? ¿Pues no me dijo que eran cinco?

—Sí, señor, pero como uno se escapó…

—¡Se escapó! —exclamó Rosas hinchando el pecho, irguiendo la cabeza, y haciendo irradiar en sus ojos todo el rayo magnético de su poderosa voluntad, que dejó fascinados, como el influjo de una potestad divina o infernal los ojos y el espíritu del bandido.

—Se escapó, Excelentísimo —contestó inclinando su cabeza, porque sus ojos no pudieron soportar más de un segundo la mirada de Rosas.

—¿Y quién se escapó?


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