Amalia
Amalia —Yo no sé quien era, Excelencia.
—¿Y quién lo sabe?
—Merlo lo ha de saber, señor.
—¿Y dónde está Merlo?
—Yo no lo he visto después que hizo la seña.
—¿Pero cómo se escapó el unitario?
—Yo no sé… Yo le diré a Su Excelencia… Cuando cargamos, uno corrió hacia la barranca…, algunos soldados lo siguieron…, echaron pie a tierra para atarlo; pero dicen que él tenía espada y mató a tres…; después, dicen que lo vinieron a proteger… y fue por ahí cerca de la casa del cónsul inglés.
—¿Del cónsul?
—Allá por la Residencia.
—Sí; bien ¿y después?
—Después vino un soldado a dar aviso, y yo mandé en su persecución por todas partes…; pero yo no lo vi cuando se escapó.
—¿Y por qué no vio? —dijo Rosas, con un acento de trueno, y dominando con el rayo de sus ojos la fisonomía de Cuitiño, en que estaba dibujada la abyección de la bestia feroz en presencia de su domador.
—Yo estaba degollando a los otros —contestó sin levantar los ojos.