Amalia
Amalia Y Biguá, que durante este diálogo había ido poco a poco retirando su silla de la mesa, no bien escuchó esas últimas palabras, cuando dio tal salto para atrás, con silla y todo, que hizo dar silla y cabeza contra la pared. En tanto que Manuela, pálida y trémula, no hacía el menor movimiento, ni alzaba su vista por no encontrarse con la mano de Cuitiño, o con la mirada aterradora de su padre.
El golpe que dio la silla de Biguá hizo volver hacia aquel lado la cabeza de Rosas, y esta fugitiva distracción bastó, sin embargo, para que él imprimiese un nuevo giro a sus ideas, y una nueva naturaleza a su espíritu, que cambiaba, según las circunstancias, de ser, de animación y de expresión en el espacio de un segundo.
—Yo le preguntaba todo esto —dijo, volviendo a su anterior calma—, porque ese unitario es el que ha de tener las comunicaciones para Lavalle, y no porque me pese que no haya muerto.
—¡Ah, si yo lo hubiera agarrado!
—¡Si yo lo hubiera agarrado! Es preciso ser vivo para agarrar a los unitarios. ¿A que no encuentra al que se escapó?
—Yo lo he de buscar aunque esté en los infiernos, con perdón de Vuecelencia y de doña Manuelita.
—¡Qué lo ha de hallar!
—Puede que lo encuentre.