Amalia
Amalia —Sí, yo quiero que me encuentren ese hombre, porque las comunicaciones han de ser de importancia.
—No tenga cuidado Su Excelencia; yo lo he de hallar, y hemos de ver si se me escapa a mí.
—Manuela, llama a Corvalán.
—Merlo ha de saber cómo se llama; si Su Excelencia quiere…
—Váyase a ver a Merlo. ¿Necesita algo?
—Por ahora, nada, señor. Yo le sirvo a Vuecelencia con mi vida, y me he de hacer matar dondequiera. Demasiado nos da a todos Su Excelencia con defendernos de los unitarios.
—Tome, Cuitiño, lleve esto para la familia —y Rosas sacó del bolsillo de su chapona un rollo de billetes de banco, que Cuitiño tomó, ya de pie.
—Los tomo porque Vuecelencia me los da.
—Sirva a la Federación, amigo.
—Yo sirvo a Vuecelencia, porque Vuecelencia es la Federación, y también su hija doña Manuelita.
—Vaya, busque a Merlo ¿no quiere más vino?
—Ya he tomado suficiente.
—Entonces, vaya con Dios —y extendió el brazo para dar la mano a Cuitiño.
—Está sucia —dijo el bandido vacilando en dar su mano ensangrentada a Rosas.
—Traiga, amigo; es sangre de unitarios.