Amalia
Amalia Y como si se deleitase en el contacto de ella, Rosas tuvo estrechada entre la suya, por espacio de algunos segundos, la mano de su federal Cuitiño.
—Me he de hacer matar por Su Excelencia.
—Vaya con Dios, Cuitiño.
Y mientras salía del cuarto, con una mirada llena de vivacidad e inteligencia, midió Rosas aquella guillotina humana que se movía al influjo de su voluntad terrible, y cuyo puñal, levantado siempre sobre el cuello del virtuoso y el sabio, del anciano y el niño, del guerrero y la virgen, caía, sin embargo, a sus plantas, al golpe fascinador y eléctrico de su mirada. Porque esa multitud oscura y prostituida que él había levantado del lodo de la sociedad para sofocar con su aliento pestífero la libertad y la justicia, la virtud y el talento, había adquirido desde temprano el hábito de la obediencia irreflexiva y ciega, que presta la materia bruta en la humanidad al poder físico y a la inteligencia dominatriz cuando se emplean en lisonjearla por una parte y en avasallarla por otra.