Amalia

Amalia

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Un suspiro desahogó el oprimido pecho, y en la presión de sus manos, en el rayo profundo de sus miradas, y en la sonrisa ingenua de sus labios, Amalia y Eduardo nadaron en espacios de ventura, atravesaron siglos de felicidad, y por primera vez el cristal de sus ojos fue empañado por una lágrima de ventura; y sus rostros, un momento antes tan pálidos, se sonrosaron de improviso con los relámpagos de su propia dicha.

No bien se hubo concluido la ceremonia, y mientras Amalia daba un beso a Luisa, que lloraba, cuando Daniel se acercó a Pedro y le preguntó al oído:

—¿Su caballo de usted está en el pesebre?

—Está.

—Lo necesito por una hora.

—Bien.

Luego, tomando de la mano a Amalia y llevándola a un sofá de la antesala, mientras Eduardo daba las gracias al sacerdote, le dijo:

—El cura se va y yo también.

—¿Tú?

—Sí, madama Belgrano, yo; porque estoy destinado a no estar quieto en un solo lugar, porque llegue a estar quieto, en Montevideo, su marido de usted.

—Pero ¿qué hay? ¡Dios mío! ¿Qué hay? ¿No nos has dicho que estarías con nosotros hasta el momento de embarcarse?


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