Amalia
Amalia Y el sacerdote, que estaba instruido por Daniel de la necesidad de terminar brevemente aquella ceremonia, cuyos requisitos habían sido allanados de antemano por el joven, se preparó en el momento para el acto más serio, quizá, de su misión en la tierra: el que liga dos vidas y dos almas; el que santifica en el mundo una inspiración que sólo viene de Dios y mezcla el nombre de Dios, y el respeto de Dios a lo más santo y más sublime del corazón humano, a la hebra imperceptible de luz que liga al ángel caído con la esencia de la divinidad que lo hizo: el amor.
El sacerdote acabó una oración, hizo esa pregunta en cuya respuesta se sella el destino que va más allá, más allá de la tumba, y que no hay labio humano que la pronuncie sin sentir el calor del corazón latiendo apresurado. ¡Y luego, en nombre del Trino indivisible y eterno, Eduardo y Amalia quedaron unidos para la tierra y para el cielo, porque las almas que Dios junta en la tierra, por inspiración purísima de su divino soplo, si aquí se separan un momento, allí se juntan en el seno inefable de la inmortalidad!