Amalia
Amalia Éste último vestía todo de negro y guantes blancos. Sobre su semblante pálido resaltaban más sus cabellos negros como el ébano, y sus hermosos ojos, rodeados de una sombra aterciopelada, que daba a su varonil fisonomía, un tinte de poesía y pesadumbre que establecía un contraste de artista.
Por bien templada que fuese el alma de aquel hombre, era imposible que donde hubiese corazón hubiese indolencia para los grandes juegos a que se arrojaba su vida en esa noche. El matrimonio, que corta la vida del hombre, que separa el pasado del porvenir, que fija la suerte o la desgracia del resto de la existencia: la separación del objeto amado al libar la primera gota de la felicidad apetecida; y, por último, la emigración, con la muerte cerniéndose sobre la cabeza, a cada paso que se diera en los bordes de la patria, para decirle adiós, eran circunstancias capaces de dominar y oprimir el alma más acostumbrada a los golpes de hierro del destino, cuando todas ellas debían tener lugar en el pequeño círculo de pocas horas.
Él y su Amalia se dirigieron un millar de palabras en su primera mirada.