Amalia
Amalia —Sí, ya es tiempo, atrevido —le contestó Amalia con su sonrisa celestial.
—Eduardo está ahí.
—Y yo aquí.
—Y yo también: porque ya no me falta sino casarme por ustedes.
—No sería conmigo.
—Y harías bien. Está el cura y es necesario que no esté ni diez minutos.
—¿Y por qué?
—Porque para estar él es necesario que esté el coche a la puerta.
—¿Y bien?
—¿Y bien? Una partida puede pasar; el coche les llamará la atención; espiarán; y…
—Ah, sí, sí… lo comprendo todo… Vamos, Daniel… pero… —y Amalia apoyó su mano en una mesa.
—¿Pero qué?
—No sé… Quisiera reírme de mí misma, y tampoco puedo… No sé lo que tiene mi corazón… pero…
—Vamos, Amalia.
—Vamos, Daniel.
Y el joven tomó la mano de su prima, la enlazó de su brazo; pasaron por la alcoba y la antesala, y llegaron al salón donde estaban de pie, mirando un cuadro, el sacerdote y Eduardo.