Amalia

Amalia

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Los dos volvieron al salón, y un momento después Amalia y Eduardo acompañaban hasta la puerta del zaguán al ministro de la Iglesia, que se exponía por su ministerio a todos los inconvenientes que en esos tiempos tenían esas horas y esos lugares solitarios.

Y, a la vez que los caballos del coche partían para la ciudad, y que Eduardo cerraba la puerta de la calle, salía Daniel por el portón, tarareando una de nuestras canciones de guitarra, o más bien, uno de esos «tristes», cuyo aire es, poco más o menos, el mismo para todas las letras; cubierto con su poncho, y a galope corto, como el mejor y más indolente gaucho.

Al volver al salón, y cuando las luces iluminaron de nuevo la figura de Amalia, Eduardo no pudo menos de levantarse, con las dos manos de su esposa y amante entre las suyas, contemplándola embriagado de amor y encantamiento. Y luego la atrajo contra su seno, y, sin hablarle, sin poder hablar, la oprimió largo rato y bebió de su boca las sonrisas radiantes de felicidad que la inundaban, y de sus ojos los rayos del amor que se escapaban. Pero, de repente, un estremecimiento súbito, como el que produce el golpe eléctrico, agitó a la joven, que se desprendió de los brazos de Eduardo, y, con la cabeza inclinada al pecho, y lentamente, atravesó la sala y el gabinete, y entró a su dormitorio, deteniéndose delante del crucifijo, interrogándolo, u orando con el alma en los labios.


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