Amalia
Amalia Eduardo la había seguido sin volver en sí de su sorpresa, o más bien, de su profunda perturbación al notar el estremecimiento y la repentina palidez de su esposa.
—Pero, ¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Qué tienes, mi Amalia? —le preguntó al fin, tomándola de la mano y sentándola en el pequeño sofá del dormitorio.
—Nada, nada, Eduardo; nada; ya pasó… ¡he sufrido tanto!… Supersticiones… los nervios; ¡qué sé yo!, pero ya pasó.
—No, no, Amalia; ha habido algo especial; algo que no sé, pero que quiero saber, porque sufro más que tú en este momento.
—No sufras, pues: ha sido la campana del reloj; he ahí todo.
—Pero…
—No me preguntes, no me hagas reflexiones; sé cuanto me dirías; pero no lo he podido remediar; y toda la tarde he sufrido iguales impresiones al oír las horas.
—¿Nada más?
—Te lo juro.
Eduardo respiró como si se aliviase su alma de un enorme peso.