Amalia
Amalia Daniel los miró con ternura y les dijo:
—El destino no ha querido corresponder a mis más vivísimos deseos: yo había deseado ver vuestra felicidad a la luz de la mía al mismo tiempo. Envueltos en unas mismas desgracias, yo había deseado que en una misma hora arrebatásemos a la suerte un momento para nuestra común felicidad: y si Florencia estuviese a mi lado en este instante, yo sería el ser más venturoso de la tierra…, pero, en fin, he conquistado ya la mitad de mis aspiraciones. La otra… Dios dispondrá.
Era tan profunda, tan exquisita, la sensibilidad de aquellos tres jóvenes, y se identificaba tanto en cada uno la suerte de los otros, que sus impresiones de felicidad o de dolor, de ansiedad o de melancolía, se comunicaban con un magnetismo sorprendente; y en ese instante una lágrima fugitiva, pero brotada del fondo del corazón, empañó la pupila de todos. Pero Daniel, ese carácter especial para la dominación de sí mismo, esa alma de abnegación y generosidad, que sacrificaba todo a la felicidad de los que amaba, concibió que era una crueldad echar una gota de pesadumbre en la copa de felicidad, que apenas llegaba a los labios de aquellos dos seres tan combatidos de la suerte, y levantándose, abrazándolos sucesivamente, les dijo: