Amalia
Amalia —¡Vamos, vamos! Estén contentos estos instantes que nos deja el destino, y no pensemos sino en los días que vamos a pasar dentro de poco en Montevideo, ni hablemos de otra cosa que de ellos.
Pocos momentos después entró Pedro con la bandeja del té y fue a colocarla en una mesa del gabinete de lectura que, como se sabe, estaba entre el salón y el aposento, adonde pasó Amalia con su esposo y su primo, habiendo antes díchole a Pedro que se retirase, pues nunca consentía que él la sirviese.
Antes de diez minutos, Daniel había vuelto la alegría a sus amigos.
Fugaz, animador, espirituoso, voluble y gracioso en los giros de la conversación, era imposible resistir al sello que él le imprimiera.
Por último, sólo le faltaba hacerlos enojar, para darles el placer de que se reconciliasen luego. Porque no hay nada más en armonía con las necesidades del corazón enamorado, que esos pasajeros enojos que preparan la reconciliación, y en ella, más impetuosa, la reacción de los afectos. Y así fue que, con una gran seriedad, tomando su segunda taza de té, dijo a su amigo:
—¡Ah, Eduardo! Una cosa se me ha olvidado preguntarte: ¿qué hago de la cajita de cartas?
—¡La cajita de cartas! —contestó Eduardo, mientras Amalia se puso a mirarlo fijamente.