Amalia

Amalia

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—¡Sí, pues! —repuso Daniel con la misma gravedad—, la cajita de cartas, donde creo que hay también cabellos de Amalia, por el color.

—¿Te has vuelto loco, Daniel?

—No, gracias a Dios.

—¿Y por qué disimula usted, caballero? ¿Qué cosa más natural que tener esos recuerdos y querer conservarlos?

—Te juro, Amalia mía, que en mi vida he tenido semejante caja, ni sé de qué cartas me está hablando Daniel. O está jugando, o, repito que se ha vuelto loco.

—Pero ¿por qué negarlo? —repuso Amalia, rosada y fingiendo una sonrisa que abrumaba a Eduardo.

—¿Ves, Daniel, lo que sacas con tus bromas? —reconvino Eduardo, que empezó a comprender el capricho de su amigo.

—De modo que…

—De modo que haces mal, porque ¿lo ves?

—¿Qué?

—Que Amalia ha retirado muy insensiblemente su silla del lado de la mía.

Daniel entonces soltó una carcajada, se levantó, tomó la mano de su prima, y poniéndola entre las de Eduardo, exclamó:

—¡Están impagables! Mi Florencia tendría más circunspección.


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