Amalia
Amalia —No, no, es cierto, tú no has mentido —repuso Amalia sin retirar su mano, y esperando y deseando que la acabaran de convencer.
Pero una nueva risa de Daniel, y una mirada de Eduardo, concluyeron por hacerla conocer la chanza caprichosa del primero; y la presión de su mano y el rayo enamorado de su tiernísima mirada le dijeron a Eduardo que la nube de celos se había evaporado. En ese instante ella y él se cambiaban el alma en las miradas, y en el calor de sus manos se transmitían la vida.
Pero en ese instante también la voz de Luisa vino a caer como un rayo en medio de los tres.
Era un grito agudo, horrible y estridente, al mismo tiempo que se vio a la niña venir despavorida por las piezas interiores, y al mismo tiempo también que se oyó un tiro en el patio, y una especie de tormenta de gritos y de pasos precipitados.
Y antes que Luisa hubiese podido decir una palabra, y antes que nadie se la preguntase, todos adivinaron lo que había, y junto con la adivinación del instinto, la verdad se presentó ante ellos, a través de los vidrios del gabinete, en el fondo de las habitaciones por donde había venido la niña; pues una porción de figuras siniestras se precipitaban por el cuarto de Luisa al tocador de Amalia. Y todo esto, desde el grito hasta la vista de aquellos hombres, ocurría en un instante tan fugitivo como el de un relámpago.