Amalia
Amalia Ninguno de los dos jóvenes estaba herido, y Eduardo, en el momento en que su brazo descansaba un segundo, dio vuelta a su cabeza para ver a Amalia, a través de los vidrios del gabinete, contenida por un moribundo y una niña, y volviéndose a su amigo, le dijo en francés:
—Sálvala por la puerta de la sala; sal al camino, gana las zanjas de enfrente; y en cinco minutos yo habré roto todas las lámparas, pasaré por el medio de esta canalla, y te alcanzaré.
—Sí —le contestó Daniel—, es el único medio; ya lo sabía, pero no quería dejarte solo; ni lo quiero aún. Voy a ver de salvarla y vuelvo en dos minutos; pero no pases la barricada.
Y Daniel pasó como un relámpago a la sala, y a tiempo que tiraba una de las lámparas y uno de los candelabros de los dos que había encendidos, un tremendo golpe dado en la puerta de la sala hizo saltar el pestillo y abrirse las hojas de par en par, entrándose en tropel una banda de aquellos demonios, de que se rodeó un gobierno nacido del infierno y maldito para siempre jamás en la historia de las generaciones argentinas.