Amalia
Amalia Un grito horrible, como si en él se arrancasen las fibras del corazón, salió del pecho de la pobre Amalia, y desprendiéndose de las manos casi heladas de Pedro, y de los débiles brazos de su tierna Luisa, corrió a escudar con su cuerpo el cuerpo de su Eduardo, mientras Daniel tomó el sable de Pedro, ya expirando, y corrió también al gabinete.
Pero junto con él, los asesinos entraron, y, cuando Eduardo oprimía contra su corazón a su Amalia, para hacerle con su cuerpo una última muralla, todos estaban ya confundidos. Daniel recibía una cuchillada en su brazo derecho; y una puñalada por la espalda atravesaba el pecho de Eduardo, a quien un esfuerzo sobrenatural debía mantener en pie por algunos segundos, porque ya estaba herido mortalmente. Y en ese momento, en que era sostenido apenas en un ángulo del gabinete por los brazos de su Amalia, mientras que su diestra se levantaba todavía por los impulsos de la sangre y amedrentaba a sus asesinos; cuando Daniel, en el otro ángulo, con el sable en su mano izquierda se defendía como un héroe; en ese momento en que dos bandidos cortaban en la sala la cabeza de Pedro, unos golpes terribles se daban en la puerta de calle. Luisa, que había ganado el zaguán despavorida, conoce la voz de Fermín, descorre el cerrojo, y abre la puerta.