Amalia
Amalia —Vete a acostar —dijo Rosas a su hija.
—No tengo sueño, señor.
—No importa, es muy tarde ya.
—¡Pero usted va a quedarse solo!
—Yo nunca estoy solo. Va a venir Mandeville y no quiero que pierda el tiempo en cumplimientos contigo; anda.
—Bien, tatita, llámeme usted si algo necesita.
Y Manuela se le acercó, le dio un beso en la frente, y tomando una vela de sobre la mesa, entró a las habitaciones interiores.
Rosas se paró entonces y, cruzando sus manos a la espalda, empezó a pasearse al largo de su habitación, desde la puerta que conducía a su alcoba, por donde habían entrado y salido los personajes que hemos visto, hasta aquella por donde se había ido Manuela.
Diez minutos habrían durado los paseos, en cuyo tiempo Rosas parecía sumergido en una profunda meditación, cuando se sintió el ruido de caballos que se aproximaban a la casa. Rosas paróse un momento, precisamente al lado de Biguá, y luego que conoció que los caballos habían parado en la puerta de la calle, dio tan fuerte palmada sobre la nuca del mulato, que a no tener en aquel momento posada la frente sobre sus carnudos brazos, se habrían roto sus narices contra la mesa.
—¡Ay! —exclamó el pobre diablo parándose lo más pronto posible.