Amalia

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—No me pregunte tonterías. ¿Usted no sabe que ese 25 de Mayo es el día de los unitarios? ¡Es verdad que como usted es de España!

—Vuecelencia se equivoca, yo soy oriental ¿Dispone Vuecelencia alguna cosa particular esta noche?

—Nada, puede usted retirarse.

—Mañana cumpliré las órdenes de Vuecelencia relativas a la criada.

—Yo no le he dado órdenes: yo le he enseñado lo que no sabe.

—Doy las gracias a Vuecelencia.

—No hay de qué.

Y Victorica, haciendo una profunda reverencia al padre y a la hija, salió de aquel lugar después de haber pagado, como todos los que entraban a él, su competente tributo de humillación, de miedo, de servilismo; sin saber positivamente si dejaba contento o disgustado a Rosas; incertidumbre fatigosa y terrible en que el sistemático dictador tenía constantemente el espíritu de sus servidores, porque el temor podría hacerlos huir de él, y la confianza podría engreírlos demasiado.

Un largo rato de silencio sucedió a la salida del jefe de policía, pues mientras Rosas y su hija lo guardaban despiertos, absorto cada uno en bien distintas ideas, el repleto Biguá lo guardaba durmiendo profundamente, cruzados los brazos sobre la mesa, y metida entre ellos su cabeza.


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