Amalia

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—Ya se lo he dicho a Vuecelencia muchas veces: la Universidad y las mujeres son incorregibles. No hay forma de que los estudiantes usen la divisa con letrero; me ven venir por una calle y, casi a mi vista, desatan la cintita que llevan al ojal, y se la guardan en el bolsillo. Tampoco hay medio para que las mujeres usen el moño fuera de la gorra y, aun sin gorra, la mayor parte de las unitarias, especialmente las jóvenes, se presentan en todas partes sin la divisa federal. Yo en lugar de Vuecelencia haría prohibir las gorras en las mujeres.

—Han de obedecer —dijo Rosas, con cierto acento de reticencia, cuya reserva sólo él podía comprender—; han de obedecer, pero no es tiempo todavía de hacer uso de ese medio que usted echa de menos, y que yo sé cuál es. Gaitán ha hecho muy bien. Despache usted a la viuda, y dígale que se ocupe en curar a su hijo. ¿Hay alguna otra cosa?

—Nada absolutamente, señor. ¡Ah! He recibido una presentación de tres federales conocidos, pidiendo el permiso para la rifa de cedulillas en las fiestas Mayas.

—Que la rifa sea por cuenta de la policía.

—¿Vuecelencia dispone algunas funciones particulares?

—Póngales los caballitos y la cucaña.

—¿Nada más?


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