Amalia
Amalia —Mejor fuera que lo hiciese sin necesidad de indicaciones; que por no tener nadie que me ayude, tengo que trabajar por todos —le respondió Rosas.
Victorica bajó los ojos, en cuya pupila se había clavado como una flecha de fuego la mirada imperatriz, y en ese momento despreciativa de Rosas.
—¿Y sabe usted, pues, lo que ha de hacer?
—Sí, Excelentísimo señor.
—¿Ha ocurrido alguna cosa particular esta noche?
—Una señora, doña Catalina Cueto, viuda, y de ejercicio costurera, ha ido a quejarse de haber dado Gaitán de rebencazos a un hijo de esa señora, que paseaba a caballo por la plaza del Retiro.
—¿Quién es el hijo?
—Un estudiante de matemáticas.
—¿Y qué motivos le dio a Gaitán?
—Gaitán se acercó a preguntarle por qué no usaba la testera federal en su caballo. El muchacho, de dieciséis o diecisiete años, le respondió que no la usaba porque su caballo era un buen federal que no necesitaba divisa y Gaitán, entonces, le dio de rebencazos hasta voltearlo del caballo.
—¡Hoy son peores los unitarios muchachos! —dijo Rosas reflexionando un momento.