Amalia

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Rosas tenía en él una completa confianza; es decir, conocía que Mandeville sentía, como todos, la enfermedad del miedo; y contaba con su inteligencia cuando necesitaba de un enredo político, como contaba con el puñal de sus mazorqueros cuando había una víctima que sacrificar a su sistema.

Tal es el personaje que atraviesa el gabinete y la alcoba de Rosas, y que entra al comedor donde éste le espera. Era un hombre todo vestido de negro, de sesenta años de edad, de baja estatura, de frente espaciosa y calva, de fisonomía distinguida, y de ojos pequeños, azules, pero inteligentes y penetrantes, y en ese momento algo encendidos, como lo estaba también el color blanquísimo de su rostro. Esto era natural, pues habían dado ya las tres de la mañana, hora demasiado avanzada para un hombre de aquella edad; y que poco antes se había irritado al calor de una hirviente ponchera, con algunos de sus amigos.

—¡Adelante, señor Mandeville! —dijo Rosas, levantándose de su silla, pero sin dar un solo paso a recibir al ministro inglés, que en ese momento entraba al comedor.

—Tengo el honor de ponerme a las órdenes de Vuestra Excelencia —dijo el señor Mandeville, haciendo un saludo elegante y sin afectación, y acercándose a Rosas para darle la mano.


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