Amalia

Amalia

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—¡He incomodado a usted, señor Mandeville! —le dijo Rosas, con un acento suave e insinuante, e indicándole con un movimiento de mano, que un francés llamaría comme il faut, la silla a su derecha en que debía sentarse.

—¡Incomodarme! ¡Oh no, señor general! Vuestra Excelencia me da, por el contrario, una verdadera satisfacción cuando me hace el honor de llamarme a su presencia. ¿La señora Manuelita lo pasa bien?

—Muy buena.

—No lo pensé así, desgraciadamente.

—¿Y por qué, señor Mandeville?

—Porque siempre acompaña a Vuestra Excelencia a la hora de su comida.

—Cierto.

—Y no tengo en este momento el placer de verla.

—Acaba de retirarse.

—¡Ah! ¡Soy bastante desgraciado en no haber llegado unos minutos antes!

—Ella lo sentirá también.

—¡Oh, ella es la más amable de las argentinas!

—A lo menos hace cuanto es posible por ser amable.

—Y lo consigue.

—Doy a usted las gracias por ella. Sin embargo, no tiene usted por qué quejarse de esta noche.

—¿Por qué no, general?


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