Amalia
Amalia —Porque usted la ha pasado agradablemente en su casa.
—Vuestra Excelencia tiene razón, hasta cierto punto.
—¿Cómo?
—Que Vuestra Excelencia tiene razón en decir que he pasado agradablemente algunas horas, pero yo no soy completamente feliz, sino cuando estoy en sociedad con las personas de la familia de Vuestra Excelencia.
—Es usted muy amable, señor Mandeville —dijo Rosas, con una sonrisa tan sutil y tan maliciosa que no habría podido ser distinguida de otro hombre menos perspicaz y acostumbrado al lenguaje de la acentuación y de la fisonomía que el señor Mandeville.
—Si usted lo permite —continuó Rosas—, daremos por concluidos los cumplimientos, y hablaremos de algo más serio.
—Nada puede serme más satisfactorio que ponerme en armonía con los deseos de Vuestra Excelencia —contestó el diplomático, aproximando su silla a la mesa, y acariciando, más bien por costumbre que por ocasión, los cuellos de batista de su camisa, no más blancos que la mano que los tocaba, prolijamente cuidada, y cuyas uñas rosadas y perfiladas eran el mejor testimonio de la raza a que pertenecía el señor Mandeville: esa raza sajona que se distingue especialmente por los ojos, por los cabellos y por las uñas.