Amalia
Amalia —¡Yo no sé, señor general —dijo Mandeville, descompuesto al ver el inesperado resultado de su cortesana lisonja, o más bien, de la expresión de sus creencias—, en cuál de las palabras que acabo de tener el honor de pronunciar está el origen desgraciado de la risa de Vuestra Excelencia!
—En todas, señor diplomático de Europa —respondió Rosas con ironía descubierta.
—¡Pero, señor!
—Óigame usted, señor Mandeville: todo cuanto acaba usted de decir está muy bueno para repetirlo entre el pueblo, pero muy malo para escribírselo a lord Palmerston[50], a quien llaman los unitarios de Montevideo el eminente ministro.
—¿Me haría el honor Vuestra Excelencia de explicarme el porqué?
—A eso voy. He detallado a usted todos los peligros que en la actualidad rodean a mi gobierno, es decir, al orden y a la paz de la Confederación Argentina. ¿No es cierto?
—Muy cierto, Excelentísimo señor.