Amalia
Amalia —¿Y sabe usted por qué acabo de enumerarle esos peligros? ¡Oh! ¡Usted no lo ha comprendido, no se ha dado cuenta de la causa de mi franqueza, que lo ha dejado vacilante y perplejo! Pero yo se la explicaré. He dicho a usted lo que ha oído, porque sé bien que de esta entrevista extenderá un protocolo que enviará luego a su gobierno; y esto es precisamente lo que yo más deseo.
—¡Vuestra Excelencia quiere eso! —dijo el señor Mandeville, más admirado ahora que intrigado antes.
—Lo quiero, y la razón es que me conviene que el gobierno inglés sepa aquellos detalles por mí mismo, antes que por los órganos de mis enemigos, o a lo menos, que lo sepa al mismo tiempo por ambos. ¿Entiende usted ahora mi pensamiento? ¿Qué haría, qué ganaría yo con ocultar al gobierno inglés una situación que él habrá de saber pública y oficialmente por mil distintos conductos? Ocultarla sería descubrir temores de mi parte, y no temo, absolutamente no temo a mis actuales enemigos.
—Es por eso que dije a Vuestra Excelencia que con su poder…
—¡Dale con el poder, señor Mandeville!
—Pero si no es con el poder… si Vuestra Excelencia no tiene poder…