Amalia
Amalia —¡Oh, muy bien! ¡Es un magnífico plan! —dijo alborozado el señor Mandeville.
—Permítame usted, que no he concluido —dijo Rosas con la misma flema—. Cuando se tiene tales enemigos, decía, no se les cuenta por el número, sino por el valor que representa cada fracción, cada círculo, cada hombre; y comparando esas fracciones luego con el poder contrario, sólido, organizado, donde nadie manda sino uno solo, y donde todos los demás obedecen como los brazos a la voluntad, se deduce entonces que el triunfo de este último poder es seguro, infalible aun cuando aparezca más pequeño comparado con el total de sus enemigos en masa. ¿Está usted enterado ahora del modo como se debe apreciar la situación de mis enemigos y la mía? —preguntó Rosas, que no había perdido ni un momento el aplomo con que había empezado a desenvolver su original plan de campaña que era el resultado de ese estudio prolijo que, en su vida pública, había hecho de los enemigos que lo habían combatido, que, queriendo destruirlo, le dieron esa grandeza de poder y de medios que lo hicieron tan respetable a los ojos del mundo, y que él por sí solo no tuvo nunca ni el talento ni el valor de conquistar.