Amalia
Amalia —¡Oh, lo comprendo, lo comprendo, Excelentísimo Señor! —dijo el ministro frotándose sus blancas y cuidadas manos, con esa misma satisfacción viva que tiene todo hombre que acaba de salir venturosamente de una incertidumbre o de un conflicto—. Reformaré mis comunicaciones y haré que el pensamiento de lord Palmerston se fije ilustradamente en la situación de los negocios, bajo el punto de vista que tan hábil, tan acertadamente acaba de determinar Vuestra Excelencia.
—Haga usted lo que quiera. Lo único que yo deseo es que se escriba la verdad —dijo Rosas, con cierto aire de indiferencia, a través del cual el señor Mandeville, si hubiese estado con menos entusiasmo en ese momento, habría descubierto que la escena del disimulo comenzaba.
—El saber la verdad importa hoy tanto al gabinete inglés como a Vuestra Excelencia, que se haga saber esa verdad.
—¿A mí?
—¡Cómo! ¿Vuestra Excelencia no miraría como el más grande apoyo posible el auxilio de la Inglaterra?
—¿En qué sentido?
—Por ejemplo, si la Inglaterra obligase a la Francia a la terminación de su cuestión en el Plata, ¿no sería para Vuestra Excelencia la mitad del triunfo sobre todos sus enemigos?