Amalia
Amalia —No todo, señor Mandeville —dijo Rosas, echándose para atrás en su silla y fijando sus ojos como dos flechas sobre la fisonomía de aquel en quien, al parecer, iba a estudiar el fondo de su conciencia—, no todo, por ejemplo, cuando algún ministro extranjero abre las puertas de su casa a un unitario perseguido por la justicia y me lo oculta, yo no puedo contar con la franqueza de él para que venga a darme cuenta de tal suceso, y pedirme una gracia que yo concedería sin esfuerzo.
—¡Cómo! ¿Ha sucedido tal cosa? Por mi parte yo no sé a qué ministro se refiere Vuestra Excelencia.
—¿Usted no lo sabe, señor Mandeville? —dijo Rosas, acentuando una por una sus palabras, con sus ojos clavados, sin pestañear, en la fisonomía de Mandeville.
—Doy a Vuestra Excelencia mi palabra de…
—Basta —le interrumpió Rosas, que antes de que hablase Mandeville se había convencido de que, en efecto, ignoraba aquello que a él le interesaba saber, y por lo que únicamente lo había llamado a su presencia—. Basta —repitió, y se levantó para no descubrir en su rostro el sentimiento de rabia que en aquel momento le conmovía.
Mandeville había vuelto a sus perplejidades anteriores acerca de aquel hombre de quien jamás otro alguno podía estar ni retirarse satisfecho y tranquilo.