Amalia
Amalia Rosas acababa de dar un paseo por la habitación cuando de repente se paró, y poniendo su mano sobre el respaldo de la silla de Biguá, que había estado batallando horriblemente con el sueño durante esta larga conversación de que no había entendido una sola palabra, quedó en la actitud de un hombre que reconcentra en su oído toda la sensibilidad de su alma. El motivo era ya perceptible: un caballo a todo galope se sentía venir del Oeste por la calle del Restaurador, y en un minuto, el ruido de sus cascos vibraba en la cuadra de la casa de Rosas.
—Algún parte de la policía —dijo el señor Mandeville, que quería de algún modo anudar la conversación tan bruscamente rota, y que comprendía la atención de Rosas.
Rosas lo cubrió con una mirada de desprecio, y le dijo:
—No, señor ministro inglés: ese caballo viene de la campaña y el hombre que lo ha sentado contra la puerta de mi casa, no es celador, ni comisario de policía, sino un buen gaucho.
El ministro hizo un ligero movimiento de hombros y se levantó.
A este tiempo, el general Corvalán entró al comedor con un pliego en la mano.